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Desde la década de los años 50 la producción de plástico ha ido en aumento y se ha convertido en un mal necesario porque sus beneficios son innegables; es un material económico, liviano y fácil de producir. Pero nos encontramos en un punto en el que somos incapaces de lidiar con los residuos generados.

En el año 2018, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente solo el 9% de los residuos plásticos ha sido reciclado; la mayoría de los plásticos no se biodegradan sino que terminan en vertederos, basureros o en el medio ambiente durante miles de años contaminando así el suelo y las aguas. La mayoría de estos residuos quedan estancados y se convierten en criaderos de mosquitos y plagas incrementando la propagación de enfermedades transmitidas como el paludismo o dengue.

Este problema afecta directamente a la salud del mundo porque estamos expuestos a una gran variedad de sustancias químicas tóxicas y microplásticos mediante la inhalación, ingestión y contacto directo con la piel, causando enfermedades como cáncer, daños neurológicos y al sistema inmune, reproductivo, nervioso y endócrino.

Un ejemplo clave fue la fiebre amarilla causada por la picadura del mosquito Aedes aegypti, ante esta enfermedad se realizó investigaciones para su erradicación. Para ello, era importante acabar con los criaderos de larvas de mosquitos, pero el avance de los productos no biodegradables que a menudo terminaban por ensuciar nuestros ambientes al aire libre no ayudó.

 

Actualmente nos encontramos en situaciones similares, los plásticos de un solo uso terminan siendo una amenaza mundial para la salud humana. Para reducir esa amenaza se requiere reducir el consumo de estos materiales u optar por opciones biodegradables.

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